La devastadora crisis por la que atraviesa España en la actualidad, con miles de personas en paro y un profundo efecto de desagregación social, ha sacado una vez más a luz la pregunta que cientos de personas de formación republicana y democrática, nos formulamos desde hace tiempo. ¿Cómo es posible que en un mundo que se encamina a pasos agigantados hacia la igualdad y el reconocimiento de derechos, algunos impensados hasta épocas recientes, acepten una estructura de Estado monárquica con todas las prerrogativas que ello implica como exención de impuestos, dispendios económicos, privilegios y otras consideraciones especiales?
Sistemas de este tipo parecieran retrotraernos a la época del Antiguo Régimen (sistema político de monarquía absoluta, derecho divino, estamental y de una sociedad dividida entre privilegiados y no privilegiados, cuya máxima expresión se logró entre los siglos XVII y XVII) y ni qué decir cuando el monarca es también el Jefe de la Iglesia, aditamento religioso que no deja de tener su peso y sus resabios respecto de la unión del trono y del altar. Pero, debemos aclarar que, en aparente franca contradicción con lo precedente, cuando hablamos de monarquías contemporáneas estamos refiriéndonos a monarquías constitucionales democráticas y parlamentarias (aludimos por supuesto a democracias liberales).
Una respuesta como la que adelantáramos, del orden de la cultura política, y otra más visceral, la ostentación del privilegio -como el de una cacería en África -nos lleva por supuesto a rebelarnos tanto racional como emocionalmente frente a las monarquías existentes hoy.
No obstante, si nos adentramos en el espacio de la indagación científica y de la historia, la respuesta no resulta tan simple y por lo tanto, la explicación y la interpretación tan atractivas a los historiadores, nos abren el camino hacia respuestas más complejas; de historias peculiares, de un pasado de símbolos, de ritos, de creencias, de necesidades, de orígenes humildes, de guerreros o de servidores, de héroes y de fratricidas, de raíces oscuras que el manto de los símbolos y de los rituales, de la unción de la Iglesia, -en ciertos casos- cubrirán hasta oscurecer la propia memoria de los pueblos. Y, como toda memoria, sobre todo la que vuelve a los orígenes, tomará lo valioso para sostenerse en el tiempo y ocultará lo negativo para la construcción de la nación.
Esto ocurrió en general en las monarquías.
Decíamos que cada Estado monárquico actual es diferente según sus orígenes pero también según su evolución histórica, su idiosincrasia y su cultura política. Algunos, como el sueco, cuya última dinastía de orígenes modernos y casi novelescos, nos remiten a Desirée y Bernardotte, ha sabido, como toda la cultura sueca, modernizarse mucho más rápidamente que otros: desde su concepción de la profesionalización y del trabajo hasta a aceptar a una reina plebeya.
Lo mismo podríamos decir de la monarquía holandesa en la que el príncipe optó por una mujer de clase alta argentina también plebeya y de religión católica, detalle no menor en un país protestante. No ocurre lo mismo con el caso inglés cuyo consabido pragmatismo que tan buenos resultados ha dado a los ingleses a lo largo de su historia, no ha significado un cambio radical en cuanto a las formas y los rituales.
Solo la irrupción de una Lady Di introdujo, no obstante su abolengo, un cierto aire de frescura y sencillez, (y también de tragedia humana). Isabel II se mantiene incólume en cuanto a mantener una distancia lejana, un protocolo riguroso, el orgullo de ser reina de una nación imaginariamente imperial en cuanto al Commonwealth, e imperial lisa y llanamente en el caso de Malvinas.
Prohibición taxativa
Aparte de ser ella quien preside la Iglesia Anglicana, otro detalle no menos importante, pues es absolutamente taxativa la prohibición del casamiento de un heredero con una católica. Recordemos que tiempo atrás uno de ellos debió renunciar al trono por unirse a una divorciada. Su origen dinástico no proviene de la modernidad aunque los ingleses sabiamente hayan sabido limitar el poder real desde la Edad Media con un Parlamento que, perfeccionado, permitió llegar a un sistema parlamentario moderno donde "El Rey reina pero no gobierna" con un alto nivel simbólico. Es decir, una monarquía que representa el Estado y un primer ministro, que gobierna a través del mandato de la mayoría parlamentaria. La reina es el sostén de la continuidad sin los sobresaltos del pasado y que logra imponer si no el afecto sí el respeto.
¿Estarán lo ingleses, siempre cautos, dispuestos a dar el paso revolucionario de pasar a un sistema republicano formal - aunque en la práctica lo poseen- laico, o no sienten esa necesidad? ¿Las épocas de las luchas por la obtención de una democracia más humana habrán pasado definitivamente? Es probable que por mucho tiempo no. Quizás las nuevas generaciones por lo menos piensen en la separación del trono y del altar (lo sugirió el primer ministro sin éxito). Ya el divorcio debió ser aceptado por la fuerza de las circunstancias.
Para los franceses ocurrió lo contrario porque no supieron en el siglo XVIII "conceder para retener". No oyeron las voces que gritaban sobre la escandalosa opulencia frente a la escandalosa pobreza y la desesperante desigualdad. Todo esto fue demasiado, inclusive para la monarquía de derecho divino, para el ungido por los óleos sagrados en Reims, para el que curaba las escrófulas según la fe de los súbditos (aunque no las curase). La revolución arrasó con todo y fue casi sin retorno. ¿Podrá la monarquía española con los escándalos de corrupción que la rozan, la escandalosa cacería que provoca a una clase media desclasada y a una sociedad cada vez más desorientada, la xenofobia siempre presente que despierta en los momentos de crisis -como el mito político de la extrema derecha- sobrellevar el vendaval? Es posible que sí, pero no sin cambios que den signos al pueblo, como lo hizo la monarquía belga cuando Bélgica fue invadida por el nazismo y el rey se puso a la cabeza de su pueblo con la estrella amarilla. (Algo parecido había ocurrido en Holanda).
Muchas veces no pensamos en los signos, ni, más grave aún, en el modo en que los pueblos se representan la realidad, pero creo que debemos reflexionar más acerca de ello y mucho más en lo que está ocurriendo en la cultura política, porque cuando los cambios se producen en este nivel, son irrefrenables.